Esta es una larga historia de destrato. Encadenada a una larga historia de corrupción, y/o por lo menos de falta de idoneidad y compromiso con el trabajo.
Nosotros, el pueblo de esta Nación, elegimos, desde hace varios años, a nuestros representantes. Y éstos, no tienen otra cosa que hacer que eso mismo, simplemente, representarnos. Ser nuestra voz, y procurar que el Estado nos proteja, velar por nuestros derechos, tan simple es la ecuación. Desde allí se parte, y no desde otro u otros lugares inventados en la dialéctica política.
Es decir: el deber del Estado es el de proteger a sus ciudadanos, y administrar. Cuenta con los recursos de los tres poderes para el bienestar de sus ciudadanos. Y esto es indiscutible. La distribución de los recursos, bregar por el cumplimiento de las leyes, el cuidado de la salud, de la seguridad, de la educación, entre tantos derechos; están en sus manos. Esta no es una opinión personal, es algo que va de suyo en cualquier país, y bajo cualquier bandera política.
En nuestro país, cada uno cobra un salario por su trabajo. Esto nos hace, inmediatamente, responsables, a cada uno de la tarea que desempeñamos. Es decir, el maestro, educa. El médico, cura. El policía protege a la ciudadanía. El comerciante vende, el juez imparte justicia, el barrendero limpia las calles. El bombero rescata personas. El país funciona gracias al aporte de cada uno de los trabajadores, que cumple una función por la cual recibe un salario. No es compleja la situación. Es tan simple, y cotidiana, que en ocasiones se nos nubla la vista, y perdemos esta perspectiva.
Existen otro sinfín de variables que podríamos mencionar, para evaluar el funcionamiento de la sociedad, como sus valores, su educación, crisis sociales, etcs.; pero en este punto me detengo, para hacer más simple el relato.
Que nuestra sociedad atraviesa una crisis profunda de valores, no es ninguna novedad. Pero cierto es que esto conlleva también una crisis en nuestras relaciones, y me preocupa sobre todo, la falta de empatía. Cada vez más evidente.
Dícese de la empatía: La empatía es la identificación mental y afectiva de una persona con el estado de ánimo de otra. La capacidad cognitiva de sentir, en un contexto común, lo que un individuo diferente puede percibir.
Y cuánto nos falta al respecto como personas que convivimos a diario con otras personas. Qué difícil nos resulta, ponernos, dos segundos, en el sentir del otro. Para hablar y emitir juicios de valor sobre su vida sin el menor de los reparos. O a la hora de poder, simplemente, VER AL OTRO, como sujeto de derecho, diverso, pero igual. Muy difícil, resulta esto últimamente. Para evidenciarlo, no hace falta más que prender la tele, leer un diario, o escuchar la radio. Hablar con nuestros amigos o compañeros de trabajo.
Y en esta mezcla rara que estoy haciendo, entre los deberes de cada uno como miembro de una sociedad, en la falta de cumplimiento de las funciones de cada uno, y las abrumadoras dosis de falta de empatía que nos aquejan, nos va la vida. Y no es una exageración, sino una simpleza absoluta, porque estamos rodeados de otros, a los que no podemos ver.
Hay una madre, que no puede alimentar a sus hijos. Pese a su trabajo, hay chicos que son golpeados por sus padres, hay mujeres golpeadas y quemadas. Hay gente que viaja muy mal todos los días para ir a su trabajo. Hay gente que muere por mala praxis, gente que no tiene luz o agua en su domicilio, y gente que no tiene domicilio.
Y en esa cadena de los No tener, lo primero que dejan de tener es derechos, entonces no tiene justicia. Y hay responsables para cada una de estas situaciones que menciono y para otras tantas que olvido.
Responsabilidades, que no vemos a diario, o que nos acostumbramos a convivir con ellas. “Estamos acostumbrados, pero no deberíamos resignarnos.”
Un día, como cualquier otro en la vida de la gente que viaja a la mañana para ir a su trabajo, puede tornarse en el último día de su vida. O en un gran desastre familiar. O en un día de duelo nacional, como ocurrió el pasado 22 de febrero. La gente que viajaba en el tren Sarmiento, sabía que era víctima de un mal servicio. Pero no que eso los llevaría a la muerte. Víctimas, en un solo viaje: nos quedamos con 51 muertos, y 700 heridos. Y esto no fue un accidente. De ninguna manera. Cada una de estas personas sabía que, desde hace mucho tiempo, son víctimas del maltrato. Pero no adivinaban que les iba la vida en eso.
Tenemos otro problema, como sociedad, y es la incapacidad de prever, que sumada a la falta de empatía nos introduce sigilosamente en estas trampas mortales a diario.
Somos una sociedad que aprende después del dolor, nunca antes. No lo podemos ver antes, o, lo que es peor, no nos importa.
Mi abuelo Sebastián, inmigrante español, fue empelado del ferrocarril. Era ebanista en España, y trabajó aquí haciendo y reparando los bancos de los trenes. Formaba parte de aquella vieja red ferroviaria que llegó a ser una de las más grandes del mundo, la más grande de América Latina con 100.000 km de rieles que recorrían gran parte del país, que basaba su economía en un modelo agroexportador. Con capitales nacionales y extranjeros, unían pueblos, economías regionales, y trasladaban a los trabajadores a diario.
Pero pasaron muchos años de esto, y muchas administraciones. Y llegamos a la época de las privatizaciones menemistas y otras tantas, en las que se fue destrozando el servicio poco a poco pero sin descanso. En el medio, la gente, como de costumbre.
Aquí vale preguntarse si el servicio ferroviario de un país es un servicio que atiende a las necesidades de la gente y debe ser, como tal garantizado, para el normal desarrollo de la vida de una sociedad, y el crecimiento de un país, o es un servicio que atiende sólo las necesidades de lucro de la empresa. Lo pregunto. Porque considero que es vital aclarar las diferencias.
Llegamos entonces a las privatizaciones y a los contratos con empresas privadas, establecemos pautas, y nos sentamos a ver como, poco a poco, pero sin descanso los trenes eran menos, la vías se achicaron, los pueblos desaparecieron, y no fueron pocos, algo así como la desaparición de 1200 pueblos que, gracias al quite de la vía de acceso, desaparecieron, sin más. Llegan también las tercerizaciones, la creación de la CNRT, y otras yerbas. Y mientras, nosotros los damnificados, “Estamos acostumbrados. Pero no deberíamos resignarnos.”
Este nuevo sistema, por llamarlo de alguna manera, continúa, mucho más allá de Menem, de Puerta, de Rodríguez Saa, de Camaño, de Duhalde y de Néstor y Cristina
Kirchner. Si bien he escuchado algunas voces señalando y reclamando la debacle del sistema ferroviario, como la de Pino Solanas en su documental. Nadie hizo nada al respecto, falta de empatía que le dicen, talvez inoperancia, corrupción, sospecho. No poder ver al otro, no velar por nuestro cuidado, violar por nuestros derechos, y cantidad de sinónimos o el conglomerado de todas las faltas juntas que hacen que estemos donde estamos. El sistema de destrucción, desinversión, y maltrato al ciudadano continúa vigente, se instala, cobra fuerza y acrecienta a través de todas las presidencias mencionadas. La CNRT, creada en la década del 90 tiene como misión fundacional: el control y fiscalización de los operadores de los servicios de transporte automotor y ferroviario de jurisdicción nacional, así como la protección de los derechos de los usuarios. Debe intervenir en nombre del Estado Nacional, en todo lo que sea relativo al transporte automotor y ferroviario, otorgados a las provincias como al sector privado. ¿Qué hizo todos estos años la CNRT? ¿Qué hizo el Estado?
Han pasado muchos años, muchos gobiernos, y muchas víctimas, como es posible que nos preocupemos de ciertos temas cuando son noticia, cuando se cobran vidas en alto número, y no podamos ver antes, no poder prevenir va de la mano de la empatía, de no poder ver las necesidades del otro. Va de la mano de la ineficiencia y de la corrupción. De no cumplir con el deber como trabajadores, empresarios, sindicalistas, tercerizados, funcionarios y representantes del pueblo. Hay una cadena de disfuncionalidades que resuena y que cobra mayor timbre a la hora de la cantidad de víctimas del 22 de febrero en la terminal de Once. Pero esto viene de años, y de listas interminables de responsables, y de víctimas. “Estamos acostumbrados. Pero no deberíamos resignarnos.”
Entiendo que hay responsabilidades de todo tipo en esta tragedia, y en todas las anteriores, hay una caterva de número de muertes y accidentes ferroviarios, hay un millón de personas que viaja mal todos los días. Desde hace muchísimos años, y no hubo nadie que hiciera nada, los empleados, siguen laburando igual, los sindicalistas no los representan, se sospecha de su corrupción, y ambos en rarísimas ocasiones pararon el servicio porque la vida de la gente estaba en riesgo. Los empresarios están en más de un informe acusados de estafa al Estado. Los funcionarios no controlaron nunca que se hacía con el dinero de los subsidios, y con el funcionamiento general del servicio, y el Estado no cuidó a sus ciudadanos en el básico derecho de transitar por el territorio argentino, o la simple y cotidiana tarea de ir a trabajar. Tampoco controló que se hacía con el dinero que daba en subsidios a la empresa. Como Nación necesitamos de la eficacia de cada uno de los sectores que la componen, y de la satisfacción de nuestros derechos fundamentales que figuran en nuestra constitución. No estoy diciendo nada novedoso, pero me asombra que ahora nos desgarremos las vestiduras desde la presidencia para abajo cuando nadie hizo nada al respecto. Todos son responsables por no cumplir con su función, para eso se los eligió, y por eso se les paga un salario. Para el común de los ciudadanos sería impensado no cumplir con nuestras obligaciones en el trabajo, porque lisa y llanamente, nos echan. La pregunta es: que sucede en estos casos, porque hay privilegios, si todos gozamos de los mismos derechos y deberes.
Hoy, después de ver imágenes de espanto, de gran dolor, de pérdidas irreparables para un sinfín de personas, no sólo los 51 muertos, sino los 700 heridos, y sus secuelas, y las familias rotas, el chiquito que no conocerá a su papá, la mamá que no escuchará más cantar a su hijo. El padre que no verá a su hija ser madre. Los hijos que no verán más a su papá o a su mamá. Dolor real, no lágrimas para una cámara. Dolor cotidiano, ausencia eterna, casera, personal y desgarradora. No hay un solo representante, ni de la empresa, ni de los trabajadores, funcionarios y representantes del pueblo que haya tenido palabras de empatía reales hacia las víctimas, se dedicaron al debate político que huele a naftalina para toda una sociedad, que hoy es presa, no sólo de la corrupción y de la ineficacia de ellos sino de la injusticia, y del más profundo dolor, que es el de perder repentinamente a un ser querido víctima de la desidia ajena. No hay respeto ni siquiera por el dolor del otro, están intentando salvar su pellejo, cuando deberían callarse por lo menos por respeto, al dolor ajeno, unos cuantos días, hasta que, en el mejor de los casos la justicia se expida.
He visto imágenes de espanto, he visto el dolor ajeno, profundo, desesperado, de los familiares buscando a sus seres queridos, que no aparecían, mientras en el canal de al lado, se realizaban todo tipo de interpretaciones, macabras, por el destiempo de las mismas. Y en los medios aparecían todas las voces que callaron durante todos estos años, cómplices por omisión, rasgándose las vestiduras. Tenemos esa extraña configuración como sociedad, pero más aún, característica de nuestras políticas de Estado, de ir detrás de las tragedias, y no varios pasos adelante, para proteger ala sociedad. Lloramos a nuestros muertos sin cuidarlos en vida. Siempre tarde. Y nunca aprendiendo. Previendo. La vida tiene un valor, que no se cuantifica. El derecho a la vida es el primigenio de los derechos, con ese no se juega ni se especula. Es el primero de los deberes de un funcionario. Y nosotros como ciudadanos, “Estamos acostumbrados. Pero no deberíamos resignarnos.”
Hace días que escucho infinidad de representantes de todos los sectores involucrados que intentan explicar lo que está claramente explícito, todos son responsables. No escucho a ninguno hablar de las víctimas, ya pasaron a ser un número más, unas de las tantas voces que se acallaron, como las de la Embajada de Israel, Ecos, las de Cromañón, y sigue la lista… hay una gran tarea que tiene por delante, no sólo con respecto a la ayuda a las víctimas, que será un tema a resolver por largo tiempo, sino con respecto a sí mismos y su tarea, dignifiquen su función, capacítense, y pongan en práctica y en sintonía con sus representados LA EMPATÍA. No es pedirles demasiado, unas van de la mano del sueldo que perciben para tal fin y la otra, de la escala de valores, la educación y los más elementales conceptos del valor de la vida del prójimo. Hay otro, que por brindarle servicios, por haberlos elegido, por representarlo, por que su voto ha contado en algún momento, o simplemente porque es un prójimo, cuenta. Y debe ser tenido en cuenta. Y su vida vale, y debería ser mejorada constantemente, con políticas previsoras y no con manotazos de ahogado y compulsas políticas chabacanas y de muy mal gusto, frente al gran dolor ajeno. No nos están viendo!!! No se nos escucha y menos se nos representa. “Estamos acostumbrados. Pero no deberíamos resignarnos.”
Y para ejemplificar lo que digo, nada mejor que una de las más grandes barrabasadas que he escuchado en estos días de duelo. “ Es más económico para TBA pagar la indemnización a cada una de las víctimas, que se hace en cómodas cuotas y dentro de algunos años, que poner la plata necesaria para que el servicio funcione como es debido” La lógica que sostiene este pensamiento es nefasta! Pero si se la analiza en los términos de lo que sucede desde hace años, evidentemente es el leitmotiv de la empresa que nos transporta. Y hay, detrás de ella un sinfín de responsables. Aquí, como en otro montón de situaciones la corrupción y el desprecio por la vida ajena, mató. Hasta se dieron el toupée de especular con la desaparición de la última de las víctimas, Lucas Rey.
Descreyeron de los familiares, no inspeccionaron como se debía, los tuvieron deambulando por Buenos Aires, para luego entregarles su hijo muerto, y hacer otro debate nacional, en pos de salvaguardar: “Yo lo encontré” Y quizá, Lucas haya sido doblemente víctima, sus padres ya lo son, perdieron a su hijo, y encima se lo escondieron, pero quizá Lucas podría haber sido salvado si la inoperancia no lo atacaba. Además de intentar convertirlo en responsable en vez de víctima, que más se le pude pedir a una familia. Y a toda la sociedad en su conjunto. Por lo menos a los que hacemos uso de la empatía. Y entendemos el dolor ajeno. Aquellos que le damos valor a la vida, y que si bien, “Estamos acostumbrados. Pero no deberíamos resignarnos.” No nos vamos a resignar jamás. Si cada uno es responsable de la actividad que desempeña, se prepara para eso, es idóneo, y sobre todo humano, la sociedad sería otra, y nuestros representantes también.
CAROLINA FRANCO- Buenos Aires, 5 de marzo de 2012.-
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